La desactivación del arte

Salvar al arte supone dejarlo caer por el precipicio. El asistencialismo favorece su involución. El arte subvencionado es clientelar. El arte sin definición se vuelve indeterminado. Si el arte es la forma y la expresión de la libertad, un arte dirigido es un arte esclavizante. La autodeterminación de los individuos es consustancial a la democracia. El individualismo en su especificidad reclama tolerancia. La reciprocidad es el fundamento de la convivencia. El Estado ejerce su poder homogenizando las diferencias. Un arte político de masas es siempre totalitario. No hay arte de masas sino propaganda. La sobreproducción de obras de arte y el pluralismo estilístico responde a la hiperindividualización de la sociedad. El ser humano individualizado busca la autoexpresión y el reconocimiento. El ser gregario tan sólo busca unirse al rebaño. Un arte sin autor no responde más que a un movimiento uniformador. La predeterminación es la negación de la condición humana. La libertad es indeterminada. Hacer arte es reivindicar lo que hay de humano en lo humano, es ejercer su condición de ser libre. La función del arte es humanizante. Si el arte es un juego entonces el negocio del arte es la negación del arte. El arte debe ser un juego desinteresado[1]. El interés del mercado transmuta el arte en mercancía. Convierte la obra de arte en divisa y al artista en hombre de negocios. «Negocio» etimológicamente significa la negación del ocio.[2] El mito de la transubstanciación se impone desde las instituciones con la colusión de la crítica. La ideología después del final de la ideología consiste en mantener el statu quo. Los artistas institucionalizados parasitan los programas gubernamentales. El paternalismo sobreprotector tiene un efecto perverso. Cuando lo subversivo es institucionalizado, su poder de transgresión deja de ser operativo. Subvertir lo subversivo es la forma de neutralizar el arte. No es casual que defecar en público hoy sea un academicismo. Los hipercríticos perecen en su negatividad. Oponerse a todo es optar por el inmovilismo. Si el arte es acción, no puede ser también utopía —al paraíso se va a morir. La utopía es el horizonte inalcanzable que nos guía, pero los pasos los damos en la tierra. El arte es terrenal. El arte emancipado encuentra su razón de ser fuera del círculo de acción instrumental. Todo arte autónomo es marginal. El hiperestado convierte en cultura aquello que no puede censurar. La integración tolerante es el paso previo hacia la normalización. Normalizar supone asimilar. Institucionalizar supone estatizar. Lo estático es lo que está inmóvil. Institucionalizar es instituir la parálisis. El Museo es la institución artística encargada de fosilizar el arte. Un artista museificado es un artista embalsamado. La inclusión del arte en el ámbito institucional lleva a la desactivación del arte. La museificación enajena las obras de arte arrancándolas de su ámbito natural. El arte instrumentalizado pierde la autenticidad en su dislocación. El arte que abreva en las instituciones es un arte castrado y relegado a la impotencia de la reificación museística. Los museos son catedrales del arte erigidas en favor del adoctrinamiento cultural. La cultura igual que la religión es un sistema de dominación social. El espectador narcotizado por la museificación se entrega a la falaz autoridad del espacio expositivo. El ambiente aséptico del Museo cumple una función sanitizante. Éste es un espacio esterilizado de antemano que escenifica la separación entre la experiencia estética y la vida cotidiana. Esa disociación prefabricada impide la operación del verdadero disenso. Así, el arte pretendidamente crítico, en su aislamiento, pierde su eficacia. La legitimidad del proceso de instrumentalización del arte es el signo patológico de nuestro tiempo. El antagonismo entre arte y política es irreconciliable. El sistema inmunológico del Estado fagocita el arte. El arte revolucionario de ayer se convierte en un subproducto reaccionario. Hoy las viejas vanguardias son el paradigma mercantilista de lo banal sacralizado. El arte heterónomo —dependiente— no se atreve a pensar por sí mismo. Complaciente y dirigido, el arte institucional, es el arte del consenso democrático en busca de su autoconservación[3].

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[1] Según Kant «Todo interés presupone o produce una necesidad y, en tanto que fundamento de determinación de la aprobación, no deja ya ser libre al juicio sobre el objeto.» Crítica del discernimiento (Madrid: Alianza, 2012), 259 [B16].

[2] Negocio, tomado de negotium (ocupación, quehacer) derivado negativo de otium. Ocio, tomado del latín otium  (ocio, reposo). Joan Corominas y José A. Pascual, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (Madrid: Gredos, 1985), s.v. «Ocio».

[3] Tomo el término de Max Horkheimer: «la autoconservación del individuo presupone su adaptación a las exigencias de la conservación del sistema.» Crítica de la razón instrumental (Buenos Aires: Sur, 1973), 106.