Para guardarnos de caer en contradicciones, debemos distinguir claramente dos campos de determinación artística, una externa a la institucionalidad (autónoma) y otra interna (heterónoma)1. La condición institucional del arte no es inmanente al ámbito social humano. Existe una exterioridad asocial previa, que es necesaria para su posterior socialización. Para decirlo brevemente, lo irracional es la condición de posibilidad de lo racional, lo asocial de lo social, lo autónomo de lo heterónomo2. El arte autónomo no necesita de un discurso ni de un lugar legitimador para existir, no requiere de un marco institucional; es el arte marginal por excelencia. Nace en el mundo de la vida y posee la capacidad de ser capturado por el mundo administrado. El concepto de autonomía no debe referirse a la realidad objetiva del arte, ni a su esencia. ¡No es una noción metafísica! El arte y su autonomía siempre existen como objeto (artefacto), dentro o fuera de la esfera institucional. Sólo el arte heterónomo depende sustancialmente del marco y discurso normativo que lo dota de legitimidad artística. Fuera de este marco institucional, el arte heterónomo no puede sobrevivir: pues éste es creado por y para el Museo. El movimiento totalizador del Museo se expande más allá de su condición arquitectónica. El Museo entendido como emblema institucional del arte, no está circunscrito a un edificio, ni a sus paredes, ni al aire que contiene su interior. El Museo engloba todo el espacio que las instituciones del arte deciden designar arbitrariamente como campo de determinación artística. El arte heterónomo es disfuncional fuera de su sitio específico. Sin embargo, el arte autónomo que nace en la marginalidad, siempre puede ser heteronomizado a través de un discurso que lo arrastre hacia un campo ideológico determinado. Contrariamente, el arte heterónomo es un arte instrumental de origen, y una vez se modifica el discurso legitimador que lo sustenta, pierde su sustancialidad original y queda bastardizado en su transfiguración. El arte inicialmente autónomo, no obstante, siempre puede ser instrumentalizado tras su heteronomización. «La neutralización es el precio social de la autonomía estética»3. Su autonomía promueve paradójicamente su posterior asimilación. El arte heterónomo se resiste a esa bastardización, pues es siempre hijo legítimo de las instituciones. Tanto el arte autónomo como el heterónomo tienen su dimensión estética. El arte heterónomo puede ser tan estético como el autónomo. El arte heterónomo-formal (Miguel Ángel), es un arte capaz de existir fuera del su sitio específico gracias a su estructura formal. El arte clásico institucional, al ser heterónomo en su contenido, pasa a ser un arte bastardizado en el momento en el que es arrancado de su lugar de legitimación original y puesto bajo la luz de otros discursos normativos ajenos a su constitución original. La dimensión estética tiene que ver con la subjetividad y el esquematismo del entendimiento4; no existe un arte anestético. Tampoco forma sin contenido. El arte heterónomo-conceptual (Duchamp), en cuanto sale de su esfera institucional, no puede ya conservar su status artístico y pasa a formar parte de otro campo cognitivo ajeno al mundo del arte; la vida cotidiana. Cuando el arte heterónomo es emancipado, al ser privado de su discurso legitimador, deja de existir como arte normativo-institucional. Pero cuidado, porque no existe un arte autónomo en estado puro, ni tampoco un arte completamente heterónomo5. La autonomía/heteronomía del arte es una cuestión de grado, igual que toda relación de dependencia inscrita en el campo de lo social. La materialidad formal conserva su autonomía siempre y cuando ésta no sea subyugada por un discurso instituyente. Asimismo, el contenido lógico sin materialidad formal, queda suspendido en el aire, vaciado de toda referencialidad6.

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1 «El carácter doble del arte , como autonomía y como fait social, se manifiesta una y otra vez en dependencias y conflictos fuertes de ambas esferas.» Theodor Adorno, Teoría estética (Madrid: Akal, 2004), 303.

2 «El arte se vuelve social por su contraposición a la sociedad, y esa posición no la adopta hasta que es autónomo.» Ibíd., 298.

3 Ibíd., 302.

4 «los conceptos puros a priori deben contener a priori, aparte de la función realizada por el entendimiento en la categoría, condiciones formales de la sensibilidad (sobre todo, del sentido interno) que incluyan la condición universal sin la cual no podemos aplicar la categoría a ningún objeto. Llamaremos a esa condición formal y pura de la sensibilidad, a la que se halla restringido el uso de los conceptos del entendimiento, esquema de esos conceptos y denominaremos esquematismo del entendimiento puro al procedimiento seguido por el entendimiento con tales esquemas.» Immanuel Kant, Crítica de la razón pura (Madrid: Gredos, 2010), 169 [B179].

5 «El arte es para sí y no lo es; pierde su autonomía sin lo heterogéneo a él.» Theodor Adorno, Teoría estética (Madrid: Akal, 2004), 16.

6 «Ninguna de estas propiedades es preferible a la otra: sin sensibilidad ningún objeto nos sería dado y, sin entendimiento, ninguno sería pensado. Los pensamientos sin contenido son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas. Por ello es tan necesario hacer sensibles los conceptos (es decir, añadirles el objeto en la intuición) cómo hacer inteligibles las intuiciones (es decir, someterlas a conceptos). Las dos facultades o capacidades no pueden intercambiar sus funciones. Ni el entendimiento puede intuir nada, ni los sentidos pueden pensar nada. El conocimiento únicamente puede surgir de la unión de ambos.» Immanuel Kant, Crítica de la razón pura (Madrid: Gredos, 2010), 86 [B76].