Hipogramas

«En un sentido general, el término hipograma engloba dentro de sí todos aquellos escritos (grama) que son escasos (hipo) de palabras, exentos de palabrería: precisos, sucintos, concentrados. Esto incluiría, los géneros de lo minutísimo, como el haiku, la greguería, el poema imaginista, el aforismo o la metáfora.

Muchas de estas pequeñas criaturas poéticas son el jugoso fruto, concentrado y fértil, de los árboles de la escritura: se desprenden por su propio peso de la rama que les daba vida –un párrafo, una frase, un soneto– y encarnan su quintaesencia. Y en este sentido, por su naturaleza frugal y frutal, ligera y sabrosa, los hipogramas piden lectores frugívoros, admiradores del temblor de lo menudo, amantes de los «mundos sutiles» (Antonio Machado).

Los describiré tal como fueron concebidos, según su definición biopoética. Los hipogramas no son aún, ni propiamente, poemas: carecen de la firme esquelatura de los versos, del recio forjado de las estrofas o del claro frontispicio de los títulos. Son más bien como las genas del poema, sus gónadas prietas. Los hipogramas, como decía Ramón Gómez de la Serna de sus greguerías, son «amibas de lo nuevo». Podrían, pues, entenderse como organismos poéticos invertebrados, unicelulares, lábiles procariotas cuyo único núcleo es una imagen, un sonido, una idea.

Mónadas líricas, cuantos poéticos, gérmenes de escritura: su composición atómica no les impide estar abiertos a los demás hipogramas y al resto de la flora literaria; resuenan entre sí del mismo modo en que se entretejen las raicillas bajo la tierra.

Versos hallados en las chatarrerías del lenguaje, en sus abigarradas casas de empeño, en los márgenes abandonados del camino (donde se espesa la hierba) o de la carretera (entre la línea del arcén y los taludes), en los tumultuosos trenes de cercanías o en los vírgenes cuadernos de lejanías.

Encaramándose por los altos andamios de la Poesía, los invisibles zarcillos de los hipogramas. Entre los adoquines de la sintaxis dura y asfaltada, las hojas de hierba, los líquenes, la linaria, la espiga de los hipogramas. A contracorriente del presuroso reloj que erosiona los días, los hipogramas, breves contemplaciones, onzas de tiempo en estado puro.

Si el poeta es un campesino de las palabras (Stevens), el hipógrafo es el anélido que se mueve bajo tierra, esponjándola. Si la poesía es un arte de la insurgencia (Ferlinghetti), la hipogramática es la trinchera que se abre entre las páginas…»

Texto: Christian T. Arjona
Fotografías: Adrian Pelegrin